La Municipalidad formalizó por tres años el uso gratuito del inmueble de calle Aníbal Molina. Pero detrás del convenio hay una historia que merece ser contada: los jubilados recibieron una casa prácticamente abandonada y fueron transformándola con donaciones, rifas, ventas, actividades y, principalmente, con su propio trabajo.
El Centro de Jubilados “Ser Feliz” de Nogolí recibió formalmente el convenio de concesión de uso gratuito del inmueble municipal donde funciona su sede social.
El acuerdo establece que la institución podrá utilizar el lugar durante tres años, con posibilidad de renovación, para desarrollar actividades recreativas, culturales, sociales, asistenciales y de integración destinadas a los adultos mayores de la localidad.
Hasta ahí, la noticia podría quedar reducida a un acto administrativo.
Pero detrás de ese convenio existe otra historia. Y probablemente sea la que más representa a quienes todos los días sostienen este espacio.
Una casa que estaba prácticamente abandonada
Cuando los jubilados recibieron el inmueble, no encontraron una sede lista para funcionar.
Según la historia que fueron construyendo los propios integrantes del Centro de Jubilados “Ser Feliz”, el lugar estaba prácticamente abandonado y necesitaba mucho trabajo para convertirse en un espacio digno para reunirse y desarrollar sus actividades.
Y fueron ellos mismos quienes comenzaron a ponerlo en condiciones.
No fue solamente cuestión de esperar que aparecieran recursos.
Hubo donaciones, rifas, ventas, actividades y distintas iniciativas organizadas por los propios jubilados para conseguir lo necesario.
También hubo algo mucho más difícil de medir en un convenio municipal: horas de trabajo, esfuerzo y compromiso.
Personas mayores que cocinaron para vender, que organizaron rifas, que buscaron colaboraciones y que pusieron tiempo y energía para que aquel inmueble pudiera transformarse poco a poco en una verdadera sede.
Por eso, cuando hoy se habla de un inmueble municipal entregado en concesión gratuita, hay una parte de la historia que no debería quedar afuera:
el lugar no se convirtió en lo que es solamente por tener un techo y cuatro paredes.
El convenio reconoce el uso, pero ¿qué reconoce del esfuerzo?
El documento firmado formaliza una situación que resulta importante para la institución: contar con seguridad jurídica sobre el uso del espacio durante los próximos tres años.
Pero también abre algunas preguntas que vale la pena plantear.
¿Qué inversión realizó el municipio sobre ese inmueble antes de entregarlo?
¿Qué parte de las mejoras existentes fue realizada por la Municipalidad y cuál fue producto del trabajo de los propios jubilados y de las donaciones recibidas?
¿Existe un inventario o registro de las mejoras que la institución realizó durante estos años?
Y, fundamentalmente, ¿qué pasará con todo ese esfuerzo si algún día el convenio no fuera renovado?
Son preguntas que no buscan desconocer la importancia del acuerdo. Al contrario: buscan poner en valor la historia de una institución que, como muchas organizaciones de pueblos pequeños, se sostiene en gran medida gracias al trabajo de sus propios integrantes.
Más que una sede
Para los jubilados de Nogolí, ese lugar no representa solamente un inmueble.
Es un espacio de encuentro.
Es donde se reúnen, comparten, cocinan, organizan actividades, reciben a otros vecinos y mantienen viva una institución que forma parte de la comunidad.
Y cuando una sede se construye de esa manera, el valor no está solamente en el edificio.
Está también en las personas que hicieron posible que ese edificio volviera a tener vida.
Por eso, el convenio firmado con la Municipalidad es importante, pero no debería borrar la historia anterior.
Porque antes de que hubiera un papel que estableciera tres años de concesión, hubo jubilados que tuvieron que poner el cuerpo, conseguir recursos y trabajar para transformar una casa abandonada en un lugar propio de encuentro.
Una historia que merece reconocimiento
Desde Belgrano al Día creemos que las instituciones de nuestro departamento también deben ser contadas desde quienes las sostienen.
En este caso, el reconocimiento no debería quedar solamente para el funcionario que entrega un convenio ni para el acto administrativo.
También corresponde mirar hacia quienes durante años hicieron rifas, cocinaron, vendieron, buscaron donaciones y trabajaron para mejorar el lugar.
Porque muchas veces, en las localidades pequeñas, las instituciones no crecen porque sobra dinero. Crecen porque sobra voluntad.
Y la historia del Centro de Jubilados “Ser Feliz” parece ser, justamente, una de esas historias.
Ahora comienza una nueva etapa con un convenio por tres años.
El desafío será que esa formalización no sea solamente un papel, sino una garantía para que los jubilados puedan seguir haciendo crecer un espacio que, mucho antes de este acuerdo, ellos mismos ayudaron a levantar.
